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Anonimata

28 de junio

Estas telas son realmente antiguas. Tienen, a lo menos 200 años. Están ajadas, rotas, pero, aún guardan parte del resplandor y la prestancia que alguna vez ostentaron. Me recuerdan los brillos y la textura de los fondos y brocados de utilería, clásicos de la pintura. Cuando tomé estas fotos, no pude dejar de comparar las telas, como una metáfora del ocultamiento de las mujeres en la historia del arte. Desde siempre el trabajo y la obra artística femenina ha estado tras bambalinas. Han sido dejados detrás, cual escenografía, fuera del gran retratado de todos los tiempos: los hombres artistas. Muchos estudios de Historia del Arte desde comienzos de los años 70, han empezado a desenterrar la obra de artistas en Occidente, que han caído en el olvido de manera injusta por el simple hecho de ser mujeres. La ausencia de referencias femeninas, no sólo en la literatura o en pintura, sino también en la filosofía, la arquitectura o incluso en las artes decorativas, nos ha hecho creer que las mujeres artistas han sido escasas o que no han existido. Sin embargo, en 1985, Chris Petteys había recopilado en su diccionario entradas de 21 mil mujeres artistas nacidas antes de 1900. Esto demuestra que la concepción que tenemos con respecto a la omisión de las mujeres en la historia del arte, está equivocada. Sí existieron, fueron relevantes, fueron conocidas y fueron olvidadas, muchas incluso tuvieron que ver cómo sus obras eran atribuidas a sus padres o maridos. Las mujeres artistas han trabajado siempre en condiciones muy difíciles. Vivieron apartadas durante mucho tiempo de los mejores centros de enseñanza artística, sometidas a las presiones de la sociedad, obligadas a compatibilizar su trabajo con sus deberes como esposas, madres o hijas y a veces, incluso, condenadas a trabajar con peores materiales, porque se les pagaba menos que a los hombres. No es verdad que las mujeres no existieron en la historia del arte: fueron menos que los hombres, pero más de las que aparecen en los libros. Un ejemplo de esto es Ende, pintora que iluminaba códices durante el siglo X. Sus miniaturas están llenas de simbolismo. Durante muchos años, su obra se atribuyó a un hombre, pero su firma en el manuscrito del Beatus del Apocalipsis, conservado en Gerona dicta “Ende pintrix et Dei aiutrix”, que significa “Ende, pintora y sierva de Dios”. Otro caso es el de Marianne, quien fue una compositora del siglo XVI. Ella es más conocida por ser la hermana mayor de Wolfgang Amadeus Mozart. De su trabajo no quedan copias. Vemos en las cartas escritas por su hermano, como él alaba su obra musical. Se presentaba junto a Wolfgang hasta que en 1769 su padre le prohibió seguir seguir interpretando música públicamente, porque a los 18 años ya estaba en edad de contraer matrimonio. Las mujeres del Dadá son otras de las grandes olvidadas del siglo XX. Raramente se las menciona, y si se hace, es en relación con sus compañeros sentimentales y nunca como artistas con talento propio. Así, por ejemplo, cuando se habla de Hans Arp, se habla poco de su mujer, Sophie Taeuber Arp, a pesar de ser una parte imprescindible de su obra, pues ambos trabajaron durante muchos años en obras conjuntas. Hans Arp introdujo a Taeuber al círculo Dadá, pero antes de eso ella ya era creadora y contaba con esas características de libertad de creación tan típicas del círculo de Zurich. Sabemos que ella llevaba la creatividad a todas las ramas posibles, desde el diseño textil, creando sus propias ropas, pasando por la danza, las marionetas, la pintura, la escultura e incluso al diseño de interiores. Judy Chicago trabaja está problemática de la mujer representada, pero ausente, en su obra “The Dinner Party”. Esta obra es una mesa gigante, con forma de triángulo, donde coloca un puesto diseñado especialmente para 39 mujeres míticas e históricas: Sacajawea, Sojourner Truth, Eleanor of Aquitaine, Empress Theodora of Byzantium, Virginia Woolf, Susan B. Anthony, and Georgia O'Keeffe entre otras. Esta serie que presento es una alegoría al destierro, la indiferencia y la desafectación, que han sufrido las mujeres artistas. Usando objetos cotidianos como estas decoraciones, pretendo hacer visible esta postergación. Las fotografías rescatan justamente lo que nadie mira: el detalle del decorado. Ponen como protagonistas a estos géneros, que a su vez, simbolizan al género olvidado: a nosotras.